La crisis de los 30

17/07/2025

por Angie García

De la crisis a la claridad: lo que descubrí cuando dejé de fingir
¿Cuántas veces hemos escuchado hablar de las famosas “crisis existenciales”? Nos da risa cuando otros se lamentan por cosas que, desde la lógica productiva, parecen tener poca utilidad. En un mundo obsesionado con el rendimiento, se vuelve casi vergonzoso hablar de nuestros retrocesos personales, de esos momentos en los que simplemente no queremos hacer nada… porque la vida pesa. Y cuesta salir a producir.

 

Cuando me acerqué a los 30 años, empecé a sentir un sinfín de altibajos emocionales. Se supone que en esta etapa de la vida alcanzamos cierta madurez, que ya deberíamos haber crecido en muchas áreas. Pero me encontré con otra versión de mí: una que solo quería rumiar todo lo que sucedía a su alrededor, y que sentía que muchas de las cosas que vivía no la llenaban. Entonces me surgió una pregunta:
¿Estamos vacíos desde que venimos al mundo y eso es precisamente lo que impulsa nuestro deseo de superación?

Si observamos con atención los seres humanos, estamos en constante lucha por progresar. Quiero una casa, luego quiero una más grande. Tengo una familia, ahora quiero que mis hijos me den nietos. Quiero una carrera profesional, luego un posgrado. Y así vamos por la vida, tratando de llenar ese vacío que, quizá, nos robaron al llegar a este mundo.

La rumiación se hizo más aguda cuando mis ánimos decayeron al punto de no disfrutar nada de lo que hacía. Me obligaba a cumplir con lo cotidiano. No quería salir de la habitación. Solo deseaba ver series románticas y fantasear con un mundo mágico. Me sentía perdida… de lo que era, de lo que quería. Y aún más, cuando la tristeza se volvió tan profunda que comenzó a sentirse como un vacío en mi cuerpo.

A veces es difícil describir ese vacío. Solo sé que recorría mi estómago con una emoción de decaimiento. Mi mente se volvía incompetente. Mis manos y pies, sin energía. La sonrisa era más forzada que espontánea.

Mis niveles de dopamina, serotonina y oxitocina estaban por debajo del 1%. Miraba constantemente las redes sociales, mi armario estaba a reventar, buscando ese pequeño subidón químico. La comida se volvió emocional: un dulce o un café en cada comida. Recreaba en mi mente un proyecto de vida perfecto, como consuelo, como alivio… solo para creer, por un instante, que todo podría cambiar.
Soñaba, pensaba, rumiaba deliberadamente. Mi cerebro estaba más activo que nunca, pero mis acciones, más pasivas y planas que ayer.

Me preguntaba:
¿Estoy viviendo una vida demasiado monótona? ¿O necesitaba este encuentro conmigo misma para poder morir y volver a nacer?

Y la verdad es que sí: estaba viviendo una vida sumamente rutinaria y abrumadora, acompañada por las heridas pasadas que afloraban en cada movimiento. Además, mi entorno laboral en ese entonces era altamente tóxico, con un bullicio constante que quebraba mi energía. Me alejé, intencionalmente, de aquellos escenarios que antes me brindaban alegría: el ejercicio, la buena comida, la meditación, los objetivos claros, el desarrollo profesional, el encuentro con otros.

Entonces me pregunto ahora:
¿Debo procurar volver a esa vida anterior para reencontrar la alegría perdida?

Y por supuesto que sí. Pero, a pesar del dolor de aquellos días, lo cierto es que los necesitaba. Tenía la tarea de descender a aguas profundas y oscuras. El miedo a una vida vacía fue el motor que me impulsó hasta allí, a ese lugar donde pude aclarar las aguas… y verme con claridad. Redescubrir lo que soy. Ver dónde puedo crear, nacer, crecer y recuperar esa fuerza natural que se me perdió en tanto bullicio, en tantas heridas que inmovilizan, que ciegan el potencial que vive en cada ser. Y yo no soy la excepción. Solo estuve un poco perdida.

Y… ¿qué pasa cuando alguien se pierde, pero quiere volver a casa?

Pregunta. Investiga. Analiza incansablemente el camino de regreso. En ese recorrido se tropieza, se cansa, se deprime. A veces quiere quedarse en el camino. No continuar. Incluso es humillado por quienes no quieren que regrese, porque es más fácil convivir con quienes también están hundidos.

Pero es un viaje, sin duda, de aprendizaje. Te transforma. Te vuelve resistente, resiliente, conocedor de los talentos que te dio la Madre Tierra. Aclaras el río de tus dudas existenciales. Y desde allí, te paras… y encuentras esa brújula empírica para llegar a casa.

Y cuando llegas, te encuentras contigo. Cara a cara. Sin filtros. Te ves al natural. Te descubres. Te amas. Te reconcilias contigo mismo. Dejas de pelear con tus defectos: los aceptas. Abrazas tus sombras. Haces las paces con tu yo del pasado. Y vislumbras una armonía posible.

Ese encuentro te brinda el mayor poder: el de no tener excusas para convertirte en quien realmente quieres ser, y de aprovechar esos dones que la vida ya te ha dado.

Lo más bonito de todo esto es que, ahora, ya no haces las cosas mediadas por el ego, sino con el alma.
Tus carencias y vacíos afectivos ya no se proyectan en el exceso de compras, en los bienes materiales, en el sexo sin emoción, en la búsqueda constante de validación, en la falta de intimidad con el otro.

El ego está frustrado, porque no logró gobernarte.
Pero el alma…
El alma está en paz.
Y en ella reina todo lo que somos. 

Con amor,
Angie Sensiblera  

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Sobre mí

Mi nombre es Angie García, psicóloga con enfoque holístico y humanista.

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