Por un lado, no podemos negar que existe una atracción física particular para cada quien: “no a todos nos gusta lo mismo”. Esa es una primera capa, superficial pero visible. Sin embargo, cuando miramos más profundo, cuando dejamos que la psicología y la experiencia humana hablen, nos damos cuenta de que nuestras afinidades sentimentales y atracciones no se explican solo desde el cuerpo: se construyen desde nuestras heridas.
Cada uno de nosotros, con su historia emocional y sus traumas —conscientes o no—, va forjando una estructura interna compleja. Somos una suma de experiencias, aprendizajes, vacíos, deseos y mecanismos de defensa. Esa construcción personal, multicausal e irrepetible, se convierte en el filtro desde donde sentimos, elegimos… y a veces, nos equivocamos.
Por eso, no existe una causa única para explicar por qué alguien nos atrae. A veces, lo que llamamos “química” es una danza silenciosa entre nuestras heridas y las del otro. Por ejemplo, una persona con vacíos afectivos o dependencia emocional puede sentirse fuertemente atraída por vínculos inestables, aunque le hagan daño. No por amor, sino por resonancia emocional.
Esto no es una regla absoluta, pero sí una constante que ha atravesado muchas relaciones humanas. Basta observar los patrones: personas que, en distintas etapas de su vida, eligen parejas con rasgos similares —no siempre positivos—. A esto le llamamos “patrones de relacionamiento”. Y en muchas ocasiones, lo que se repite no es el amor… es el trauma.
También influye el entorno cultural. Hemos sido moldeados por narrativas del amor romántico, muchas de ellas promovidas por el cine y los medios. Ese “príncipe azul” que rescata a la “princesa indefensa”, las relaciones apasionadas pero tóxicas que se romantizan, los amores imposibles que se vuelven adictivos. Todo esto refuerza la creencia de que si no hay drama, celos o sufrimiento, entonces no es verdadero amor.
Así, muchas personas crecen creyendo que el amor debe doler, que la pasión está en lo prohibido, y que la calma es aburrida. Por eso buscamos sobresaltos emocionales para reafirmar esa idea de “sentir”, cuando en realidad solo estamos evadiendo vínculos sanos por miedo a la estabilidad.
Y allí, nos toca cuestionarnos:
¿De verdad elegimos desde el amor o desde la herida?
Conclusión
Amar también implica observarnos. A veces, el corazón no elige libremente: elige desde lo que duele, desde lo que falta. Por ello, transitar nuestras heridas no es un acto de debilidad, sino de honestidad emocional. Solo comprendiendo lo que nos mueve por dentro, podremos comenzar a amar desde un lugar más consciente, más libre y sano.
Con amor,
Angie Sensiblera